Una Visita Con el Padre Alaminos en el Albaicin
La historia va (y verdaderamente ocurrió así) que a principios de los años sesenta durante los calores de marzo (antes de semana santa), mi papá vio a un cura en una esquina muy concurrida de la ciudad de Guatemala. En ese entonces curas y monjas eran fácilmente reconocibles. Como mi papá andaba solo se detuvo y le pregunto: “¿a dónde va Padre?”
El cura, un español y como de la misma edad que mi papá, era un misionero y le contestó que estaba esperando el bus para ir a su iglesia de Capuchinos sobre la 10ª avenida en la zona 1 del centro. Este encuentro al azar marcó el principio de una amistad que ha durado toda la vida entre estos dos hombres y entre mi familia y este cura, el Padre Javier Alaminos.
Como misionero, Alaminos tomó el voto de pobreza y vivía sencillamente. Mis padres lo “adoptaron” y pronto mi familia iba a misa regularmente en Capuchinas. Durante las fiestas navideñas mi madre le preparaba cestos de comida al Padre y pronto su persona se volvió parte de nuestras reuniones familiares y salidas al mar o a la piscina. Me acuerdo que de niña pensaba: “Nada me puede pasar si estoy con el Padre Alaminos” cuando nos metíamos en un mar Pacifico bastante bravo o en las piscina de San Martin Jilotepeque.
Mis papás formaron parte del movimiento familiar cristiano que apoyaba a familias a que crecieran unidos y este movimiento fue una de las muchas misiones al que el Padre Alaminos se dedicó durante sus más de 40 años de trabajo en Guatemala. Al final de sus décadas allá, el Padre Alaminos estableció un centro comunitario que ayudando a que familias crezcan unidos y conscientes de las enseñanzas cristianas. Este centro es grande, con salones, cocinas y 24 habitaciones para personas que las necesiten dependiendo de su situación. El centro lleva el nombre del Padre Javier Alaminos y muchas de las personas que han conocido al Padre siguen en contacto con él.
Durante mi reciente visita con él en Granada me sorprendió la cantidad de llamadas casi diarias que recibía desde Guatemala. Amigos y feligreses guatemaltecos siguen pendientes del padre y durante los fines de semana las llamadas son más numerosas. Esto no me sorprendió dado lo carismático y generoso que es el Padre Alaminos. El dió su corazón a Guatemala y Guatemala le devolvió su amor con más de lo que se hubiera podido imaginar: aventura, amistades, retos, logros, y resolución.
A fines de los 90s, después de que se había firmado la paz que oficialmente cerraba el capítulo de una guerra civil que duró casi ocho lustros, el Padre Alaminos se encaró con una espantosa historia. Esto, al fin de anos donde la violencia y el genocidio habían sido el pan de todos los días.
Un día, el hijo de la lavandera del Padre fue testigo de un crimen. En su inocencia decidió ir a la policía y reportarlo. Esto resultó ser un grave error pues poco después la lavandera recibió amenazas y el mensaje que su hijito debería de no hablar más. Poco después el niño desapareció y la madre recibió un paquete que llevaba un pañuelo. Adentro de este estaban los ojos de su hijo.
Turbada y fuera de si la lavandera fue a ver al Padre y le contó lo que había ocurrido. El siguiente domingo el Padre Alaminos habló vigorosamente desde el púlpito: “¡este salvajismo tiene que cesar!”
Al pronunciar estas palabras el Padre firmó su sentencia de muerte aunque había logrado escapar las luchas abiertas entre ideologías políticas que marcaron la violencia tan constante y fuerte de Guatemala a lo largo de casi cuarenta años. En esos instantes el Padre no pudo salvarse de la animosidad de las personas que habían cometido este crimen (y otros) con impunidad. Fue así como su vida de clérigo llego a su fin en Guatemala, súbita e inesperadamente.
De nuevo mi padre resultó ser clave en este capítulo de la vida del Padre Alaminos y fue con el que el Padre encontró refugio mientras la Iglesia decidía que hacer con este misionero. Le sugirieron que se jubilara, pues ya había hecho bastante.
Esto no le pareció a Alaminos quien les dijo: “Soy un cura. Esta es mi vocación; es quién soy y lo que tengo que hacer. No puedo ser nada más que un padre.”
Al final la jerarquía eclesiástica le permitió a que volviera a su nativa Andalucia. Muchas de las iglesias en las calles laberínticas y pintadas con cal del Albaicin, en el barrio árabe de Granada estaban muy abandonadas y olvidadas. Alaminos le convenció que le permitieran resucitarlas. Por su proximidad al norte de Africa, por tradición, y por falta de mejores oportunidades económicas en sus países muchos árabes han vuelto como inmigrantes a España. En el 2003 se inauguró una gran mezquita en Granada.
Así fue como el Padre Alaminos se volvió el párroco de varias iglesias en el Albaicin. La casa parroquial se encuentra a un lado de la vieja iglesia, San José el Alto. Su campanario, anteriormente un alminar, es mucho más antiguo que cualquier cosa en la Alhambra. La casa parroquial tiene un jardín con un granado (su fruta la granada es el símbolo de esa ciudad), un caqui, un limonero, un viejo nogal, rosales, y los zarcillos desordenados de una parra, además de un jazmín, que es especialmente fragrante al anochecer.
Durante los últimos diez años mi papá ha ido a visitar al Padre Alaminos varias veces. Mi papá guarda una antigua fotografía de su abuelo materno y sus hijos, tomadas en la Alhambra, viéndose a gusto y contentos. Este septiembre pasado mi papá fue a ver al Padre Alaminos para lo que pensó sería su última confesión. Alaminos me contó que esta confesión duro días. En realidad, se trataba de volver a estar con un viejo amigo y acordarse de su pasión compartida por Guatemala y sus memorias de los logros de cada uno allí y de un pueblo que quieren.
Luego en octubre me aparecí en el Albaicin. Por las noches aterciopeladas de otoño podía ver la Alhambra iluminada desde la plaza de San Nicolás. Las rosas seguían en flor en el jardín parroquial no muy distantes de un arco moro. Yo había estado en Granada varias veces anteriormente pero jamás con tanto tiempo. Ahora tenía la oportunidad de pasar un buen rato con el Padre Alaminos y acompañarlo en su rutina cotidiana.
Usualmente el Padre Alaminos da misa los domingos en San Nicolás, San Miguel y San José, pero recientemente ha dedicado mucha de su energía a restaurar varios de estos edificios y sus tesoros. Por el momento San Nicolás y San Miguel están cerrados. Antes de la expulsión de los moros y los judíos en 1492 todas estas iglesias fueron mezquitas. Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, las conviertieron en iglesias y por esta razón las registros de bautismos, matrimonios y defunciones a partir de finales del siglo XV están todos guardados en un cuartito de la Sacristía de San José el Alto.
Me pareció fascinante hojear y examinar algunos de estos documentos y leer los detalles de vidas ya pasadas y darme cuenta lo útil que era toda esta información. No solo para un historiador pero para un individuo queriendo descubrir sus raíces o tratando de entender la mezcla compleja de razas y religiones que compuso una sociedad multiétnica en una España medieval que afectaría las costumbres y mentalidades de Hispanoamérica a partir de fines del siglo XV hasta el XIX.
El Albaicin está lleno de conventos y monasterios y el Padre Alaminos celebra misa diariamente con un grupo de monjas (y algunas enclaustradas en ocasión) en su parroquia. Desde sus jardines y altas ventanas varios de estos conventos tienen vistas espectaculares de la Alhambra. Desde una torrecilla en su jardín, el Padre Alaminos también puede ver el complejo de la Alhambra y el Generalife de perfil, con la Sierra Nevada al fondo, y del otro lado, la gran catedral de Granada. Durante mi estadía con el Padre fui a varias misas: una boda, un bautismo, y otras más, además de una misa muy especial el día de Todos los Santos.
Este fue para un grupo de huérfanos y niños abandonados que cuidan las monjas. Muchos niños árabes son abandonados en tierra española para así ser la responsabilidad del estado español. Estas monjas les dan casa, comida y una educación hasta que cumplen 20 años. Esta mañana de Todos Santos las monjas reunieron a los niños en la capilla principal del convento. Esta estaba dominada por la Virgen de la Columna, la patrona de esta orden, además de santos rosados entre altares dorados barrocos. En Andalucia las estatuas de vírgenes son siempre guapas y los cristos sangrientos y sufridores.
En esta ocasión el Padre tenía dos ayudantes, una chica y un chico, ambos orgullosos de haber sido escogidos para ayudarle y tocar las campanas de mano. El Padre se conocía a casi todos los niños, y a muchos los saludó por nombre. Después de su lectura, el Padre se sentó enfrente del altar, y sus ayudantes también se sentaron, cada uno a su lado, y les comenzó a hablar. Les hablo de cómo todos somos buenos y como en ese día se celebran todos los santos, todas esas personas que han hecho el bien en este mundo. Con tranquilidad, humor y cariño, el Padre Alaminos explicó algunos conceptos integrales de la misa a su joven público. Me di cuenta entonces que Alaminos siempre ha tenido un don para los niños y estas cualidades lo hacen memorable y efectivo como guía religioso. Hasta yo me sentí emocionada por sus palabras y su estilo. Hubieron cantos y palmados con el ritmo de estas. Uno niño, quizás gitano, daba palmados a su propia síncopa, de una manera mucho más acertada que los demás. Mientras lo veía pensé en Zurbarán y Murillo, quienes pintaron niños y golfillos de los barrios populares, porque este niño hubiera podido ser uno de esos que estos pintores encontraron por las callejuelas hace cuatro siglos.
Un sábado un par de seminaristas vinieron a ayudar al Padre Alaminos con la misa. Casi siempre cenan con él y les encanta escuchar las memorias del Padre de su época en el seminario de Granada y también de su tiempo como misionero en Guatemala. También les interesó saber algo de Savanhah y uno de ellos pensó que quizás algún día pueda ejercer su vocación en este país con la población hispana. Hoy en día el número de seminaristas es mucho más bajo que en la época de Alaminos. También es mucho menos severo pues en los 50s lo seminaristas solo podían bañarse en agua fría y aceptar muchas privaciones como prueba de su deseo de servirle al Señor por el resto de sus vidas en la sotana.
La mañana de Todos Santos acompañé al Padre por el Paseo de los Tristes, el nombre del camino que va a dar al cementerio de Granada, más allá de la Alhambra. Llevaba flores para dejar en las tumbas de sus familiares, un hermano y su madrina, la Marquesa de Montenaro y Barcinas. El cementerio estaba vivo con gente, todos cargados de flores y memorias. Granada sufrió mucho durante la guerra civil española (1936 - 1939) y muchos del lado Republicano (el lado que perdió) fueron fusilados en este mismísimo lugar.
Otro día de noviembre Alaminos nos llevó a Otivar, lugar donde nació en lo que se conoce como la costa tropical de Granada porque aguacates, chirimoyas, naranjas y aceitunas se cultivan y dan allí. Visitamos el Palacete de Cázulas, donde se crió, casa que le pertenecía a su madrina, quien perdió a su único hijo durante la Guerra Civil. Fue de este lindísimo lugar que un jóven Alaminos partió en 1957 para entrar al seminario en Granada y luego para las junglas del Peten en Guatemala. Sus padres y la marquesa recibieron una carta que les envío desde Cuba donde les contaba que estaba por comenzar su vida de misionero en Centro América. Fue así como llegó a Guatemala con 22 otros jóvenes misioneros.
En ese entonces, Flores (la capital del Petén) era un enclave remoto con pocas tiendas y menos lujos. Poco a poco estos misioneros lograron conseguir la confianza de la gente y establecerse en sus pueblos. Viajaban a pie o en mula, a veces con canoa para penetrar la selva. A veces hasta veían jaguares y jabalíes, y podían escuchar los monos y loros. Una vez el Padre llevaba tiempo de no comer mucho y pensó que se desmayaría. En eso llegó a un pueblo donde un niño le dijo que había un paquete para él. Este había llegado con la avioneta que traía provisiones a ese lugar. La caja traía abastecimientos y con eso Alaminos se recuperó y siguió adelante.
Mientras el Padre Alaminos nos conducía a través de una paisaje escabroso de su niñez y juventud vimos cabras montañeses, bosques de pinos y kilometro tras kilometro de olivares. Nos habló de cómo había sido todo esto hacia sesenta años y de muchas cosas que le habían ocurrido allí. Nos detuvimos a desayunar en un paraje rustico donde un fuego rugía en la chimenea. Luego seguimos por este camino, pasando pueblos dispersos en valles, hacia Almuñécar, que hace mucho tiempo había sido un puerto fenicio y luego una importante colonia romana. Ahora era un agradable punto de veraneo.
Nuestro compañero era Pedro Martínez Durán, un viudo de 88 años y un generoso amigo y ayudante del Padre Alaminos. Pedro es un adicto de la tecnología actual y cuando oyó que existían diapositivas de esos primeros años del Padre en el Peten, nos convenció que teníamos que irlos a rescatar de una propiedad de la familia de Alaminos si no, era muy probable que estas se perderían para siempre. Actualmente Pedro esta escaneando estas imágenes y prometió enviarme una copia de ellas cuando estén listas.
A sus 84 años el Padre Alaminos no demuestra señas de aflojar su paso. El 4 de noviembre recibió una canastas de unos feligreses para felicitarlo por cumplir 55 años como sacerdote. Esa noche Pedro, Rafael Reina, un pintor de escenas religiosas, y yo lo festejamos. Cuando partí de madrugada unos días después, el Padre Alaminos estaba despierto y me dio su bendición al despedirse. “Regresa para Semana Santa, me dijo, “y no olvides traer a tu madre.”
