Corea del Sur nunca ha estado en mis planes ni como paraíso vacacional ni como un lugar para buscarse la vida. Tampoco he sido gran admirador de su gente, fría y distante a primera impresión, que conociéndola mejor y al tratarla puede llegar a ser muy hospitalaria, grandes amigos y muy servicial; de manera que cuando el consulado coreano dio finalmente la luz verde para arrancar hasta acá, no me lo podía creer. ¡Qué hice! Llegué en un estado casi de indefensión, armado de una sola maleta y una portátil, y con un presupuesto magro y poco estimulante para sobrevivir los primeros días que auguraban un futuro bastante incierto. No tenía ni la más remota idea de cómo iba a ser la “vaina’’, como diría un amigo Colombiano. No había estudiado su cultura, su historia y ni siquiera las bases de su idioma. Pero la necesidad crea ingenio; también coraje y mucha paciencia, porque no sé cómo aguanté esa avalancha de documentos y esa burocracia tediosa y repetitiva que hay que sortear para poder llegar hasta aquí.
A los amigos que me conocen bien no les extrañó que me hubiera venido a trabajar hasta el fin del mundo. Tengo fama de nómada empedernido, de Marco Polo, de vikingo en sus mejores temporadas de conquista, de vagabundo -según algunas lenguas viperinas-, y hasta de descocado (medio loco). Nadie se sorprendió entonces cuando anuncié el viaje. Sin embargo, esos adjetivos son merecedores de otras épocas. Ahora soy otro espíritu inquieto más domado por realidades más apremiantes, más cercanas, que algunos de ustedes ya sabrán. La frase que me queda más a tono ahora es aquella de “cría fama y échate a dormir’’.
La verdad es que no fue realmente el espíritu aventurero el que me lanzó hasta estas lejanas tierras, sino el manotazo implacable de las estadísticas de la crisis económica de las cuales he sido parte desde hace un par de años. La cosas por la tierra del tío Samuel están color de hormiga desde algún tiempo: no hay trabajo ni se vislumbran esperanzas de haberlo en el futuro, y, para el colmo de males, a algunos gringos retrogradas y racistas se les ha metido en la cabeza que los inmigrantes latinos (ilegales o legales, todos vamos en la colada) somos los culpables de que todo su “sueño americano’’ se haya convertido finalmente en pesadilla. Somos el clásico chivo expiatorio. Obviamente, con la complicidad astuta y oportunista de los políticos de turno, que azuzan todos estos prejuicios para capitalizarlos en votos. Pues es esa realmente la razón por la cual ando rodando por estos lares. No hay trabajo. Nada más. Sin embargo, aprovechando el viajecito, y, entre feriados de la escuela y fines de semana tan desiertos como el Sahara, he visitado algunos lugares interesantes y de mucho valor histórico y cultural. En Corea del Sur hay infinidad de lugares antiguos que visitar, sitios arqueológicos milenarios, llenos de historia, que se mantienen intactos pese al paso del tiempo, la ira de la naturaleza y a las guerras que lo destrozan todo.
No muy lejos de donde vivo se encuentra el lugar donde nació el Budismo Baekje en Corea, representado en la figura del príncipe Siddhartha, personaje principal de la novela del escritor alemán Herman Hesse, quien, según la historia, dejó riquezas, poder y familia para irse por el mundo y poder entenderlo. Rodeado de pequeñas montañas costeras, el lugar es un oasis de paz, tanto para aquellos que lo visitan como para los budistas lugareños que a diario vienen a recitar sus mantras. Es indescriptible la paz y armonía que se respira allí y desde ya se ha convertido en el sendero favorito de mis largas caminatas diarias. Sus serenos templos y estatuas colosales cuentan en detalle la vida de este príncipe andariego que dejó las comodidades del palacio para ir en busca de la felicidad y del verdadero significado del mundo; cada una con complicadísimos acabados, altos relieves y coloridas decoraciones en sus techos nos narran su transformación espiritual. La vida de Siddhartha y su conversión en Buda se lee paso a paso en cada una de estas milenarias reliquias, mientras uno baja lentamente por las empinadas escalinatas, escuchando al unísono el cric-cric de los grillos y el pensamiento propio, absorbiendo historia, respirando aire puro y disfrutando del espectacular panorama de la costa de Beupsang, pueblo pesquero por tradición que se dibuja más allá en el horizonte.
Corea del Sur es un país de grandes contrastes: por un lado su cultura sigue influenciada en su base por el pensamiento confusionista donde el rígido sistema jerárquico prevalece en toda su estructura social, y por el otro la influencia del mundo occidental ha penetrado en todas las facetas de la vida diaria: música, modas, cine y modelos económicos y políticos emulados, tanto que desde hace 12 años el gobierno se ha embarcado en el proyecto del inglés como segundo idioma para hacer más atractivo el país a la inversión extranjera. Miles de maestros extranjeros laboran en toda la península en escuelas públicas y privadas… en cuenta su servidor, que con su añejado acento hondureño esparce la lengua de Shakespeare como pirata en aguas extrañas y lejanas. Por eso, hoy en día, Corea del Sur es un país altamente desarrollado, con tecnología de punta en todos los frentes, con un ingreso per cápita de más de $20,000 al año y es, sin lugar a dudas, la cuarta economía más pujante de la región después de Japón.
Como estoy muy al sur de la península no he visto ningún paisano, pero me dijo un amigo que hay una comunidad latina pequeña concentrada principalmente en Seúl, así que a lo mejor, con un poco de búsqueda y suerte, me podría encontrar una tiendita con productos latinos donde comprar una masita de maíz para hacerme unas tortillitas fresquecitas con queso y salsa de tomates frescos, cilantro y cebolla, o un taquito crujiente de pollo, a la mexicana y con cebollita verde, jalapeño y todas las extras, acompañado de arroz de grano largo (el de aquí es de grano corto y se pega mucho) y unos frijolitos negros o pintos (¡que importa!) bien fritos; quizás, también, podría encontrarme en su sección de licores y cervezas una Coronita light, una salsa Worcestershire, coctel de tomate Clamato, salsa tabasco para preparar una exquisita michelada al estilo de mi cuñado Arnold. ¡Mmm, se me hace agua la boca!
Como se habrá dado cuenta, amable lector, la comida es una de las cosas que más extraño, entre otras, aún cuando disfruto diariamente de la comida coreana, que es variada y picante, extraño enormemente la nuestra, así que… si al momento de estar leyendo este artículo está usted in fraganti posesión de un suculento taco de pollo, una carnita azada con chimichurri, frijoles rancheros y arrocito, un platanito frito con mantequilla a la hondureña, o una humeante arepa colombiana, y, a punto de hincarle los filosos dientes, le recomiendo que, como le dijo el buen ladrón a Jesucristo en el calvario, “se acuerde de mi cuando este en el paraíso’’. Feliz Navidad o Año Nuevo, según sea el caso. Saludos desde Corea.
