Homenaje a Carlos Fuentes (1928-2012)
Por Catherine Rendón, Savannah, Ga.
Hoy por la mañana me enteré que Carlos Fuentes, el novelista mexicano, había muerto. En el 2009, el escritor uruguayo Mario Benedetti murió y fue lamentado a todo lo largo del continente americano. En 1998 me encontraba en San Cristobal de las Casas cuando el némesis de Fuentes, otro pensador icónico mexicano, Octavio Paz, murió. Entonces me sorprendió escuchar a niños gritar “¡Octavio ha muerto!” en una plaza de esa ciudad. ¿En cuántos otros países habría un niño llamando a un intelectual y un ganador del Premio Nobel por su primer nombre? ¿Y cuántas personas sabrían de quien se trataba? Tal es el poder de muchos autores en América Latina. No puedo pensar en muchas circunstancias parecidas donde con sólo pronunciar el primer nombre de alguien habrían retumbos similares, aunque por razones distintas. Una de las excepciones posiblemente seria Diana, la princesa de Gales.
Fuentes (11 de noviembre de 1928-15 de mayo del 2012) personificaba al latinoamericano cosmopolita, pues él estaba igual a gusto en Londres, París, Buenos Aires o la ciudad de México. Cuando lo lei por primera vez, yo era aún adolescente y me pareció cautivante. Fue hasta mucho después que supe que Fuentes tuvo el dilema de escoger en cual idioma le convendría escribir, si en inglés o en español. Era bilingüe y además manejaba el francés con fluidez. Hijo de diplomáticos, y un diplomático a su vez, Fuentes publicó su primera novela antes de cumplir los 30 años. Posteriormente siguió publicando novelas, ensayos, y sus ideas acerca de una variedad de temas, incluyendo una interpretación muy suya sobre la historia latinoamericana en su libro El Espejo Enterrado: reflexiones sobre España y el Nuevo Mundo (en 1992), un texto que he usado en muchas ocasiones al enseñar algun curso sobre América Latina. Su novela La muerte de Artemio Cruz (1962), será una de sus más poderosas creaciones, pues en ella sintetiza la ambivalencia y la fuerza que surgió al termino de la Revolución Mexicana de hace un siglo.
Un día antes de que muriera Carlos Fuentes, otro novelista mexicano, Joaquín Armando Chacón, me había escrito lo siguiente desde la capital mexicana:
"…el escritor de narrativa no hace filosofía (no puede, y no debe): relata eventos, situaciones, vidas, aventuras, momentos, y lo hace 'imaginando' que construye a personajes vivos y existentes; estoy de acuerdo con Nabokov que dice que una novela es ambiente y personajes. Claro, existen los géneros, el cuento, el relato, y tantos otros como el narrador utilice para su labor y condición, y la novela se nutre de todos ellos (el diálogo, la descripción, la poesía, la reflexión...), pero todo eso lo hace a su manera y entender. ¿Por qué escogemos un camino y no otro? ¿Por qué contamos algo de tal o cual personaje y no contamos alguna otra cosa más? No lo sé, te puedo asegurar que nadie lo sabe; lo acosa su intuición, lo sorprende el momento, lo obliga el ritmo, y muchas veces la necedad (que no la necesidad, que también tiene que ver en el asunto)."
¡Que vidas más curiosas llevan los novelistas! Son magos, curanderas, padres y musas, y sobre todo, nos dan un espacio donde podemos reflexionar y soñar. A través de los muchos títulos que Fuentes escribió se lograron conseguir estas metas y nos ha dejado unas geografías palpables de mundos con personajes que nos permiten entender mejor nuestras circunstancias y quizás las de otras personas. La violencia constante y creciente del narco-mundo que se ha vuelto endémico en México y en la región le preocupó fuertemente a Fuentes durante sus últimos años. Y nos ha dejado una novela con sus reflexiones sobre el tema, la cual será publicada en el otoño del 2012.
Desde su niñez, Fuentes tuvo fuertes lazos con los Estados Unidos, aunque también se mostró bastante crítico de este país. Mientras yo era estudiante tuve la oportunidad de escucharlo dando conferencias en las Universidades de Columbia y Brown. Sus conferencias siempre eran pulidas e inteligentes, específicas y universales a la vez. Carlos Fuentes era accesible y siempre se comportó como una persona abierta a cualquier pregunta o duda que su público tuviera, especialmente entre los jóvenes. Fuentes reconoció que la gran literatura es esencial para la psique de todas las naciones, y a través de su amplia obra contribuyó mucho para un mejor entendimiento tanto de México como de América Latina, no sólo para lectores hispanohablantes sino también para muchos otros en distintos idiomas. De muchas maneras Fuentes personificaba al tipo de individuo panamericano que deberíamos de emular: un ser multi-cultural, multilingüe y un ciudadano tolerante y abierto al mundo.
Durante la década de los noventa tuve la oportunidad de estar presente en varios eventos organizados por Carlos Fuentes para el Festival del Centro Histórico de la ciudad de México. Él era un admirador y amigo de la novelista irlandesa Edna O’Brian (nacida en 1930) y también de dos autores que serían posteriormente reconocidos por el comité Nobel de Literatura debido a sus obras: J.M. Coetzee, el autor sudafricano nacido en 1940, y el portugués José Saramago (1922-2010). A ellos, así como a muchos otros autores, entre los que se encontraba el español Juan Goytisolo, los llevó Fuentes al D.F. para un maravilloso festival literario donde el tema era “la nueva geografía de la novela”. Allí pude conocer a estos autores y algunos de ellos, como Saramago, se inspiraron con la sublevación zapatista en Chiapas.
En 1995 el dramaturgo británico, Harold Pinter (1930-2008, y ganador del Premio Nobel en el 2005) llegó a la capital mexicana para ver la actuación de dos de sus obras de teatro: “Luz de Luna” y “Tiempo de Fiesta”, que Fuentes las había traducido al español, y por tal motivo se festejaba la ocasión con una gran fiesta en el Teatro de Bellas Artes. Desde uno de los grandes balcones de este edificio masivo y opulento muchas botellas de champan fueron descorchadas mientras actores, dramaturgos, directores, autores y amigos celebraban la presencia de Pinter en tierras mexicanas. Pinter estaba muy parlanchín y contento y Fuentes fue un anfitrión encantador. Pinter había sufrido una larga época de sequía literaria, sin poder escribir hasta que nació “Luz de luna” y su aparición había sido un alivio. La esposa de Pinter, la distinguida historiadora, Antonia Fraser, estaba allí, al igual que la periodista Silvia Lemus, esposa de Fuentes.
Unas noches más tardes me encontré en la residencia de los Fuentes en el barrio de San Ángel, donde pude continuar charlando con ellos. Gracias a su cosmopolitanismo, Fuentes fue criticado a menudo por no ser verdaderamente “mexicano” o no lo suficientemente “mexicano”, aunque él se identificara fuertemente con el país. Era su manera independiente de pensar y por lo tanto se rehusó a ser fácilmente clasificado, aunque ello tampoco le facilitara la popularidad. Carlos Fuentes era liberal y con una mentalidad bastante abierta. No solamente era un erudito, sino también una persona sumamente civilizada a quien ninguna frontera o idea limitaría su manera de ver el mundo a su alrededor.
Aunque Fuentes recibió muchos honores internacionales, como el Premio Cervantes, jamás le fue concedido el Premio Nobel. Sin embargo muchos pensaron que se lo merecía rotundamente, pues era un escritor sumamente productivo, un pensador audaz e igual de valioso como muchos de sus contemporáneos, como Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. A pesar de dar la apariencia de tener una vida exitosa, Fuentes perdió a dos de sus tres hijos. Como muchos artistas comprometidos, Fuentes decía que su trabajo (es decir, escribir) era lo único que le servía para aguantar y sacarle sentido a la vida. El acto de escribir le daba sincero gusto y le producía un inmenso placer.
La muerte de Carlos Fuentes ha marcado el principio del final de una de las épocas más ricas en términos literarios de América Latina; es decir, del famoso movimiento conocido como el “boom latinoamericano.” Aunque Fuentes no era un narrador del realismo mágico, como algunos de sus contemporáneos, su producción vasta y amplia reflejaba un interés profundo por la región y un entendimiento de nuestra interconexión en este continente, pero no sólo acá sino también en otras partes del mundo. En alguna ocasión Fuentes escribió: “Por su propia naturaleza, la novela indica en lo que nos estamos volviendo. No existe ninguna solución final. No hay una última palabra.”
Echaremos a Carlos Fuentes de menos, pero en su obra permanece un testamento: el de su talento y de su época, y eso quizás sirva como un posible patrón para mejor inter-relacionarnos en este mundo.
El 16 de mayo, Joaquín Armando Chacón me envió las siguientes palabras: “Sí, qué triste la partida de Carlos Fuentes: yo lo leía, lo admiraba, y sus libros me enseñaron mucho, al grado de considerarlo uno de mis maestros. Lo conocí poco personalmente (pero, ¿hay algo más personal que la obra de quien la crea?), pero lo leí siempre. Era un gigante.”
