En la Gran Recesión, hasta la muerte es demasiado cara para los pobres
Nota del editor: Esta columna se escribió para New America Media como la primera en un serie de columnas por Dr. Sanjay Basu que se llama "A Doctor's Word", sobre el impacto de la recesión en la salud de la gente pobre. Se publicó en el San Francisco Chronicle y SFGate.com . Sanjay Basu, MD PhD es un médico residente en el Departamento de Medicina de la Universidad de California en San Francisco. www.NewAmericaMedia.org
Rita sólo está en sus treinta, pero conoce todo acerca de la muerte. Lo que no sabía hasta hace poco es lo caro que es, sobre todo ahora en la Gran Recesión, para los pobres morir.
Los padres de Rita, sus únicos familiares en los EE.UU., murieron en un accidente de coche durante su segundo año en el colegio comunitario. Rita dejó la escuela para ganarse la vida como una coordinadora de transporte en una empresa de paquetería del Área de la Bahía. Unos años más tarde, se encontró tosiendo y tosiendo. Siempre estaba sin aliento. Los exámenes revelaron que Rita tenía una enfermedad rara y mortal de origen desconocido – una que conduce al cierre lento de los vasos sanguíneos que llegan a los pulmones. Ella morirá por asfixiara antes de los 40 años.
"Sé que está llegando el final", le dice a su médico y las enfermeras, después de muchas reuniones con su capellán, dice que esta, "en paz". En la clínica médica en el Hospital General de San Francisco, Rita le dice a quien escuche que ella tiene dos objetivos. Ella quiere seguir viviendo con su gato en su apartamento de un dormitorio en el barrio de la Misión de San Francisco. Y espera seguir recibiendo los pocos medicamentos que mitigan sus síntomas.
Actualmente hay más de 1,2 millones de estadounidenses como Rita que se enfrentan a una enfermedad terminal. Los proveedores del cuidado de la salud que los atienden habitualmente tienen que preguntar: ¿Cómo quieres morir? Algunos de los moribundos - quieren mantener a raya a la muerte - en repetidas ocasiones piden participar en las últimas pruebas farmacéuticas. Otros han elaborado una "lista de deseos" de las aventuras que quieren cumplir en sus últimos días. Sin embargo, más personas tienen dos peticiones más simples: morir en casa en lugar de en un hospital, y comer una última comida decente.
En esta recesión, aun estos últimos deseos más simples se han hecho casi imposible cumplir para muchos.
Hace dos años, Rita se desmayó en el trabajo. Su jefe se había dado cuenta de su menor rendimiento, dijo que a Rita le faltaba demasiado el aire para trabajar. Desempleada, inicialmente recibió cobertura por incapacidad. Pero al igual que los otros ocho millones de estadounidenses sin poder trabajar debido a la enfermedad, se requería solicitar una continuación de los beneficios después de un año.
El problema de Rita - explicó el trabajador social de la clínica - es que como la mayoría de los jóvenes que se enferman, Rita se está muriendo demasiada joven para haber pagado de manera significativa al Seguro Social. Esto significó que Rita recibiría "Seguridad de Ingreso Suplementario" (SSI por sus siglas en inglés): $ 830 por mes y el plan del seguro médico de California, Medi-Cal.
En un principio, Rita pensó que podía estirar estos fondos. Ella tendría que regalar a su gato y mudarse a un apartamento estudio - algo más pequeño y más barato que el estudio normal en San Francisco. También iba a comprar comida al por mayor, ahorrando por lo menos $ 200 al mes para sus copagos de recetas médicas.
Pero la política de recortes del presupuesto cambiaron sus planes. Más del 65% de los reclamos de SSI se han negado durante la recesión, un número récord. Una serie de críticos del gobierno de su caso interrogaron a Rita, y sin ningún tipo de formación médica malinterpretaron su historial médico. A pesar de que Rita tenía "hipertensión arterial pulmonar" - presión severamente mayor en los pulmones – él escribió que Rita sufría de presión arterial alta común. Rita fue negada.
Los trabajadores sociales de la clínica trataron de intervenir. Se les dijo que Rita ahora tendría que esperar una "audiencia de apelación" después de 90 días - posiblemente más tiempo de lo que tenía para vivir. Se quedaría sin ingresos para sus últimos meses de vida.
Debido a los nuevos recortes al presupuesto estatal, la cobertura Medi-Cal de Rita también fue limitada a seis medicamentos. Los médicos tuvieron que decidir cuales pastillas le podían quitar sin sofocarla de inmediato - un juego de adivinanzas mortal ya que no se ha investigado lo suficiente como para guiar a los médicos en la previsión de un régimen.
Cuando los trabajadores de la clínica discutieron el dilema, Rita, bromeó: "Yo debería haber sido un banquero en lugar de un contribuyente ordinario. Entonces podría haber sido rescatada".
Rita perdió su apartamento. Durmió unas semanas en el sofá de un ex novio, hasta que la echó, sospechando que su tos era de una enfermedad infecciosa. Se había inscrito para la asistencia social, a la tasa habitual de 422 dólares por mes, más vales de comida. Sin embargo, sin una dirección, la única manera de conseguir un techo sobre su cabeza era con el programa de la Ciudad "cuidado no efectivo" para las personas sin hogar - $ 59 al mes, y una cama en un albergue.
Se robaron los inhaladores de Rita en su primera noche en el refugio. Se robaron los zapatos en la segunda noche. Así que empezó a dormir en los parques, sus síntomas empeorando. Finalmente su médico la convenció para que se registrara en el hospital.
En el hospital, Rita estaba estoica. Su rostro había asumido el brillo duro de cerámica.
Cuando una trabajadora social le pregunto si estaría dispuesta a modificar sus planes, dejar que la clínica le buscara una cama para enfermos terminales, Rita dijo que había anotado todo. Ella no podía hablar de sus pensamientos con más claridad. Y, además, repasando sus problemas sólo la haría llorar. Y el llanto le hace difícil respirar.
