Sábado 25 de Mayo, 2013
MAYO 2013
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“Q’eqchi Am Elbe”: un waltz guatemalteco-alemán
Catherine Rendón
“Q’eqchi Am Elbe”: un waltz guatemalteco-alemán

Antes del internet y hasta antes del teléfono, existían barcos que viajaban entre ciudades y continentes.  El puerto más grande de Alemania está en Hamburgo, perteneciente a una confederación orgullosa de ciudades mercantiles sobre el Báltico y mar del Norte que se habían vuelto ricos a través del mercadeo de especies durante la edad media, y luego a través del transporte de  café entre otras cosas con otras partes del mundo.
            Cuando entre por primera vez al Museo de Etnología de Hamburgo este junio pasado me quede encantada al ver barcos de madera del Pacifico del sur que estaban  expuestos entre estatuas gigantescas de espíritus del bosque, un tipi del sureste de los Estados Unidos, urnas funerarias egipcias y telas de batik de Indonesia. Habían partes de templos y objetos de Java y Sumatra y luego una exposición de máscaras fantásticas de Nueva Guinea y Samoa y archipiélagos alemanes poco conocidos a través del globo.   El Museo de Etnología de Hamburgo tiene un ambiente muy propio que algunas grandes colecciones etnográficas del siglo XIX del mundo comparten con sus enormes gabinetes y gavetas empolvadas.
            Entre 1860 y 1880 muchos alemanes llegaron a Guatemala a cultivar café o trabajar para las compañías navieras.  Franz Termer (1894-1968), uno de los primeros directores del Museo de Etnología de Hamburgo, estudio bajo un especialista mesoamericano llamado Karl Theodor Sapper (1866-1945) e hizo su trabajo de campo en Guatemala. Por su parte,  Sapper pasó doce años en Guatemala ayudando a su hermano quien tenía una finca cafetalera.   Muchos de los alemanes que llegaron a Guatemala se dedicaron a aprender los idiomas indígenas y a escribir monografías de los sitios y objetos arqueológicos que encontraron allí.  
            Con el paso del tiempo, muchos alemanes llegaron a establecer algunas de las mejores fincas y empresas de café en la república y gracias a sus conexiones con Hamburgo la mayoría de su producción cafetera volvía a Alemania donde se vendía, y no a Londres, aunque este era el centro del mundo de la venta del café.  Los inmigrantes alemanes resultaron tener gran curiosidad y atracción por todo lo autóctono y comenzaron a hacer colecciones de objetos pre-columbinos y de objetos de la vida cuotidiana a su alrededor.  Como forasteros, los alemanes tenían una visión distinta al del ladino local y mayor respeto por el mundo maya que llegaron a conocer.  En la actualidad el Museo de Etnología de Hamburgo contiene más de 4400 piezas de Guatemala; y casi de la mitad de estas consisten de textiles. Desde su llegada a Guatemala alemanes coleccionaron instrumentos musicales, máscaras, y trajes típicos que luego donaron o vendieron a este museo.
            El corazón de la colección de textiles fue hecha por Carlos Elmenhorst (1910-2000) quién llego a Guatemala de joven y se enamoro del arco iris de colores que encontró en los tejidos locales.  Otra parte de trajes fueron coleccionados por Matilde Dieseldorff Quirin (1900-1997), hija de una indígena q’eqchi de Cobán y del alemán Erwin Paul Dieseldorff (quien nació en Hamburgo en 1868).  Dieseldorff llego a tener algunas de las mejores fincas de café y sus negocios eran colectivamente conocidos por el nombre de “El Convento.”  Herbert, hijo de Matilde, fue compañero del colegio de mi papá y más tarde compartieron su primera clínica como médicos cerca de la vieja escuela de medicina en la capital guatemalteca.  Herbert creció hablando alemán, español y q’eqchi. Esto no era usual en la Guatemala de entonces pues la mayoría de guatemaltecos no indígenas menospreciaban la cultura maya.
            Ya para la época de la segunda guerra mundial la presencia alemana en Guatemala era bastante importante.  Habían varios clubes y colegios alemanes a lo largo de la republica.  Mi padre recuerda haber visto una gran bandera con una swastika sobre la entrada de una ferretería en Quetzaltenango de chico.  También jamás olvido al optometrista llamado Richter quien le arreglaba sus anteojos que constantemente estaba doblando.  Richter nunca le cobro diciéndole: “algún día cuando seas un profesional me podrás pagar.”  Una de los almacenes de mayor lujo sobre la 6ª avenida de la capital se distinguía por el gran reloj que tenía enfrente y allí se podían comprar juegos de porcelana de Baviera, además de cubiertos de Solingen y plumas fuentes Pelikan.
            Mientras la seriedad de la segunda guerra mundial se definía, alumnos del colegio alemán de Quetzaltenango insultaban a Churchill llamándolo “¡ese bulldog!”  Sus uniformes eran mucho más elegantes que los demás de los chicos de esa ciudad pues consistían de: pantalones cortos negros, camisa blanca, cincho delgado negro, calcetines blancos, zapatos negros y un birrete negro con un botón dorado. Al insultarse de esta manera estos niños estaban reaccionando a escenas de una batalla ideológica mayor que estaba llevándose a cabo en el teatro europeo, lejos del istmo centroamericano.  Al final, Guatemala se vio forzado a declararle la guerra a Alemania pues la proximidad de los Estados Unidos y su presión no les permitió  reaccionar de otra manera. Desde la primera guerra mundial los Estados Unidos llevaban ganas de adquirir algunas fincas alemanas pues estaban entre las mejores propiedades del país.
            Fue durante esta época que Matilde Dieseldorff Quirin transfirió muchas de sus propiedades al nombre de mi abuela paterna para que así no se le fueran a expropiar. Mi papá tampoco olvido a un jovencito llamado Dieter Fritz quien dejo su vida guatemalteca para ir a luchar bajo las órdenes del general Rommel en su “Afrika Korps” y quien jamás volvió.  Un chiste de la época cuenta como Hitler se encontraba fumando un puro cuando le avisaron que Guatemala le había declarado guerra a Alemania. “Und Guatemala, wo ist Guatemala?” pregunto el Führer. (Y Guatemala, ¿dónde queda Guatemala?) Un ayudante limpia las cenizas que habían caído sobre la minúscula región geográfica de ese país que decoraba el cenicero pues así de insignificante era la república.
            A pesar de la guerra, la cultura alemana siguió siendo admirada por guatemaltecos.  Por supuesto siguieron habiendo grandes amistades e historias de amor entre guatemaltecos y alemanes, y si el avión donde viajaba la prometida de mi papá no hubiera sufrido un trágico accidente yo no estaría escribiendo esto.  Como un joven médico durante los años 50s mi papá trabajo en el puerto caribeño de Puerto Barrios. Uno de los pocos lujos de este puesto era subir a los barcos que llegaban a cargar bananos y café desde Nuevo Orleans y Hamburgo.  El pago usual para este servicio consistía de cien dólares y una botella de whisky.
            Mi papá recuerda la letra gótica de periódicos alemanes ya viejos de un mes que veía sobre la mesa del capitán.  Un año le pidió a uno de los capitanes un gran favor.  ¿Podría conseguirle un “Tannenbaum”—un árbol de navidad alemán?  Al volver en diciembre el capitán le presento un arbolito de abeto que mi papá imagino haber venido del Tirol, aunque probablemente venia de los bosques de Sajonia.
            Mi papá siguió admirando todo lo que fuera alemán y cuando me toco ser educada me envió al Colegio Alemán de Guatemala.  Creo que el siempre quiso haber ido al Colegio Alemán de Quetzaltenango.  Todos nuestros maestros venían de Alemania, al igual que nuestros libros y todos aprendimos a escribir en tinta con letras cursivas idénticamente redondeadas.  Fue así como aprendí canciones de alpinismo mientras hacíamos excursiones por algún volcán y otras canciones tradicionales del canon alemán.  También leí los cuentos maravillosos de los hermanos Grimm y poemas en un idioma gutural pero a la vez suave y meliflua.
En la Guatemala de mi juventud las mejores pastelerías y cafés en Guatemala y Quetzaltenango sugerían una nostalgia por un mundo alemán con nombres como “Los Alpes”, el “Zürich, Baviera” y “Schubert”  donde uno podía pedir una taza de chocolate caliente con un pico de crema.  La pastelería favorita de mi mamá se llamaba “Jensen” y allí todos pensaban que ella era alemana y le decían doña Johanna.  Hacían un strudel fantástico y chocolates y dulces con formas de distintos animales, además de casas de jengibre y el clásico stollen navideño cubierto con azúcar empolvado.
            Durante mi estadía en Hamburgo pensé en todos aquellos alemanes que dejaron esa ciudad señorial con su gran puerto para ir a hacer sus vidas en la América tropical.  Muchas de estas familias siguen en Guatemala y jamás han vuelto a Alemania aunque siguen hablando alemán y pensando en Hamburgo como su cuna.  Otros, como la escritora danesa, Karen Blixen, quien se realizó en su plantación de café en Kenya entre la tribu de los Masai, encontraron sus paraísos individuales entre la flora y fauna superlativa de Guatemala y su gente Maya. 
            La exposición sobre Guatemala en el Museo de Etnología de Hamburgo termino con un comentario sobre la historia más reciente de esa república e hizo referencia a la larga y dura guerra civil que tomo lugar allí entre 1960 y 1996 y culmino en el genocidio del pueblo maya.  Una nueva consciencia autóctona ha surgido y al correr de los años he visto como muchos guatemaltecos de familias alemanas han ido cambiando las prácticas en las fincas cafetaleras para que sean más justas para sus trabajadores.  Muchas de estas familias seguramente se consideran más guatemaltecas ahora que alemanas.  Colecciones como la del Museo de Etnología de Hamburgo demuestran lazos hacia una región que aunque lejana sigue teniendo valiosos vínculos para Alemania. Mientras que en Guatemala, el tema musical de Radio Faro, la estación cultural, siguió siendo “El Danubio Azul” de Johann Strauss por muchos años.